miércoles, 15 de junio de 2011

EL SILBIDO



Persigo a un silbido, mientras camino la noche, de un hombre gris y blanco, alejado, que exhala una canción que desconozco pero que, estoy seguro, me suena de algún lado.

Lo veo a cien metros, con su enorme sombrero negro, un saco de cuero hasta las rodillas y entre él y yo, está únicamente el sonido de sus pies en la calle y ese silbido.

Esa melodía me atormenta, principalmente porque me recuerda a todo mientras me hace olvidar de todo y sigo, como si estuviéramos en Hamelin y allá, lejos, la canción se repite, termina, vuelve a empezar y se mezcla con el humo del cigarrillo de ese hombre que camina y fuma y silva y se empieza a perder en la bruma de mi propio recuerdo.

Se detiene en una esquina antes de cruzar, el tiempo necesario para que yo sienta que fui descubierto, más, eso no sucede, y mientras me encargo de ocultar mi rostro, mirando hacia abajo y al costado, veo, en un tacho de basura municipal, un enorme ramo de rosas recién regalado, recién tirado, recién perdido: el rastro de un amor trunco, de una conquista fracasada o de una reconciliación que no ha sido exitosa.

Me pierdo medio segundo, recuerdo a éste corazón vencido y sin recambio, ahogo alguna idea extraña y vuelvo a escuchar el silbido.

Alejado.

Y no veo al hombre.

Acelero mi paso, siento a un sudor imaginario en mi frente concreta y doblo la esquina: allí está. El hombre sigue caminando con las manos en el bolsillo y ahora no hay volutas de humo en su alrededor. No está ese halo tóxico dándole el marco que hasta hace instantes tenía el cuadro, completo. Lamento perder un poco de poesía pero cada paso que doy, conforme mi pie toca el suelo, me devuelven a la realidad de ser una persona y no un cuento, entonces sigo caminando, sin parar. Y escuchando el silbido.

El hombre entonces, que sopla la canción que conozco y no recuerdo, se detiene en el umbral de cualquier casa. Yo, algo perdido, bastante alborotado, me apego a un árbol grande, anciano y desde allí observo.

Observo al hombre sacar un papel de su bolsillo, de atrás de su pantalón también oscuro. Lo lée. Me pregunto qué dirá allí. Me pregunto cuál será la canción. Y me pregunto qué estaré haciendo yo ahí o que tendría que estar haciendo.

Pasa un auto a mi lado, lento, como patrullando. Los vidrios empañados devuelven misterios. Agudizo mi vista, achico mis ojos y descubro que quien maneja es una mujer. Ella me mira fijo: es morena, ojos verdes. Una boca ardiente, roja, sonríe. Tengo que, necesariamente, mirar a otro lado. Y descubro, mientras el auto avanza, que el hombre ya no está.

El auto dobla en la esquina y cuando lo pierdo de vista, escucho una acelerada pronunciada, un chirriar de gomas en la calle y un motor, cada vez más lejano.

Camino hasta el umbral.

El hombre ya no está. Miro la puerta de la casa. Amago a tocar el timbre pero me reconozco imbécil y cobarde. Apoyo, en cambio, mi oído en la puerta.

El ladrido de un perro aparentemente enorme, desde adentro, me obliga a saltar hacia atrás.

Camino rápido, yéndome.

Y recuerdo la canción.

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